Piuke mapuche
Piuke mapuche
Lanzó un trozo de carne -como para despistar al enemigo, que vigía lo perseguía con la mirada de rayo láser- y se deslizó ágilmente, después de abrir el portón de entrada, dejó la carta por debajo de la puerta, y en forma atlética, regresó sobre sus pisadas. Apresuradamente, el cartero corrió hacia su motocicleta –con la destreza necesaria con que lo hacen los soldados preparados para la guerra- evadiendo el titán, que unos pasos atrás, bamboleaba su mandíbula hambrienta.
Al instante -entre los sitios ocupados por el aire- las muecas burlescas de un hombre alejándose en su montura moderna, haciendo surcos en la niebla tempranera, y un tono rabioso -de diablo por totales dimensiones- se dibujaba en el pequeño dinosaurio de cuatro patas que custodiaba la casa.
El telón de la noche se enterró, el sol comenzó a notarse ante el alumbramiento, mientras se iba descascarando la humedad reinante.
Sucesivo al quinto sueño, Roberto Primero despierta. Sus ojos –aun achinados- se siguen despegando mientras se despereza. Luego del rito que imita alguna elongación de gato, baja por la escalera de caracol que va de su cuarto a living, notando, entre el techo y el suelo, el poderoso mandato -oculto entre el cuerpo blanco de un sobre-.
De manera académica, con total disciplina, procede a abrir el susodicho. En el cual se puede leer textuales palabras, impresas en negrita.
Estimado señor Roberto Primero, nos complace dirigirnos a usted, con la impronta de contar con su magistral colaboración, en vuestro proyecto reformativo de la sociedad. Siendo usted uno de los mejores maestros del país, es que solicitamos su aporte del saber. Usted será destinado al sur de nuestra querida geografía, a una zona donde la civilización aun no ha llegado. Lo necesitamos para educar a una tribu de mapuches que se niega a los cambios urbanos. Desde ya, contamos con usted.
Desde el Concejo General de Educación de la Nación Argentina, Marta Ignor.
Sus ojos saltantes y admirados, ante importante notificación, se dejaron evidenciar fácilmente en el ambiente. Con varios años de vocación a sus espaldas, no pudo negarse a semejante acontecimiento, por lo cual aceptó la propuesta.
A pocos días del hecho, todo estaba consolidado, sus maletas inundadas de sueños, y el corazón abierto al nuevo mundo.
Al apuntar la siguiente noche, partió de la terminal de Retiro, con su brújula marcando el sur.
Después de largas horas de viaje, fue recibido por una delegación vocacional en la provincia de Neuquén. La cual lo llevó rumbo a las laderas de las montañas, donde convivían los araucanos. A pesar de que eran ariscos a la sociedad, no se negaron a recibir al pedagogo.
El poblado hablaba el mapudungun, aunque manipulaban el español, gracias a los roses de lenguaje, que se debían a trueques realizados en la ciudad. Sus tiempos de ocio eran destinados al juego del palín o yayasei, no siendo esto un impedimento para la educación.
El educador, ingresó al aula precoz, fabricada como una antigua choza, vestía con su traje más refinado, y un portafolio como escudo. Un grupo de jovencitos de entre 9 a 13 años se mezclaba entre escasos ancianos curiosos. Ninguna tiza voló por el reducto, ningún papel fue un avión tratando de aterrizar sobre el escritorio. El campo estaba dominado por una quietud asombrosa, los ojos atentos, los cuerpos relajados, en una armonía perfecta.
_Buenos días alumnos -dijo el maestro-
_buenos días maestro –retumbó el hermoso coro en sinfonía-.
Los oídos se le paralizaron, la boca se le heló, estupefacta y sin habla ante el respeto.
Allí no existían los novedosos argumentos de algorítmos en cómputos, necesarios, pero no esenciales para los hombres, aun así, la enseñanza no se rendía.
Para comenzar el primer día de clases explicaran la palabra amor-pronunció el maestro-, se agruparan y formularan de la manera más precisa su más amplio significado.
Los niños y adultos se agruparon con total libertad, dividiéndose en tres grupos. Tuvieron una media hora para aclarar sus hipótesis. El maestro miraba a sus supuestas semillas ir de aquí para allá, dilucidando, sin utilizar diccionarios ni herramientas.
El grupo A pasó al frente.
_Los escucho -dijo el maestro-
_Verá, para nosotros la palabra amor significa respeto.
_¿Por qué?
_porque si los hombres de la humanidad se respetaran, no existirían las diferencias.
El alumnado y Roberto aplaudieron la respuesta que no fue refutada.
El grupo B pasó hacia adelante y dijo:
_para nosotros la palabra amor significa cariño, porque si todos fuéramos cariñosos, el mundo no estaría falto de sentimientos constantes, las guerras humanas no existirían y cuidaríamos la tierra que nos vive y nos crea. “Seamos uno con la naturaleza”.
Otro aplauso se dejó escuchar de par en par en el aula.
El último grupo se dirigió al frente y expuso:
Para nosotros la palabra amor significa entrega, ya que si todos entregaran un poco de su alma y corazón, el mundo sería perfecto. No quedó más en el recinto que el sonido apabullante de otro gran aplauso.
_Hasta el próximo día mis queridos alumnos –decía el maestro, mientras los estudiantes sin apresurarse en la salida, al eco contestaban recíprocamente.
En sus tiempos libres, el educador recorría el poblado. Las mujeres se dedicaban a tejer las vestiduras, los hombres vestían con coronas de plumas que obtenían de las aves, los nativos no perdían ni un centímetro de tiempo, el cual ocupaban haciendo artesanías con sus símbolos y leyendas, mientras otros recogían frutos de araucarias para alimento. Los niños eran preparados para su madurez. Para ser hombres, debían sobrevivir a la soledad y peligro de una larga noche.
Llegado un día, los araucanos plantaban árboles a la tierra, con verdadero afecto y devoción, mientras Roberto pensaba, que lo que él ofrecía, no era progreso, sino falsos oros del engaño. El día que leyó su corazón, se separó de ellos, ya que la pureza no conjugaba con sus manchas.
Regresado a casa, luego de un arduo trajín, su traje, que para aquel entonces lucía reluciente, ahora estaba desgastado y repleto de agujeros, sus zapatos tenían las huellas de las millas, pero en sus ojos la luz transformaba su semblante. Aquella tarde de primavera, caminó serenamente hasta su biblioteca, se posó en un sillón reconfortable, y al mojar una de sus plumas de cóndor en el tintero, expresó en un papel:
Mis queridos miembros del Concejo Nacional de Educación, he terminado la ardua odisea del espacio. Me he parecido a una embarcación pirata tratando de conquistar el nuevo continente. Pero que ignorante y egocéntrico fui al creerles, y que gran atropello fue el querer ser maestro, donde sólo fui un discípulo. Sepan ustedes que la cultura mapuche invita al resto de la humanidad a concurrir a sus escuelas, donde no se encuentra tecnología ni ciencias del nuevo lenguaje, sino la palabra amor en la mayor expresión espiritual. En sus aulas se conoce el respeto, el silencio, la atención, el cariño, y la entrega máxima por el saber. Ni uno solo de nosotros es escasamente comparable con tamaña grandeza, ya que de niños hemos pecado de palabra y omisión. Sepan entonces, que me he rendido, y he ejercido bajo mi razón, la retirada de una tierra que no me pertenece, pero que me recibió con los brazos abiertos y en la paz, enseñándome, la comunión divina con la Tierra en la totalidad del amor.
Atentamente, Roberto Primero
Luego de remitir la carta y de comprender la palabra amor con total agradecimiento, recitó hacia el interior de su pecho, el poema que le obsequiaron sus alumnos antes de partir:
Corazón/ tu puerta es un sabio abierto a la verdad /y a tu alma, en fuegos milagrosos /la enseñanza retorna las alas de la libertad/y hace de escuela para los pueblos /de algunos diligentes que ignoraron su pobreza /¡corazón perdónalos!, tu eres puro, /ellos son quijotes que alucinan /guerras que nunca existieron. No pudo detener su llanto y enjuagar los pecados de su alma en sangre de tierra inocente, hasta florecer su vida de amor.
Autor: Iluminado